El Perú necesita su propia ideología

El Perú no necesita otra ideología importada. Necesita, por primera vez en dos siglos de vida republicana, una ideología propia, nacida de su historia, de su geografía, de su gente y de su manera particular de sobrevivir, resistir y construir.

Esto no es un capricho retórico. Es una constatación dolorosa. Llevamos doscientos años tratando de entender un país andino, amazónico y costeño con categorías inventadas para explicar la historia de otro continente, y un país que piensa su propio destino con las palabras de otro pueblo, tarde o temprano, deja de gobernarse a sí mismo. Empieza a administrar su territorio en nombre de una teoría que nunca lo tuvo en mente.

Ninguna nación se ha vuelto grande copiando el mapa mental de otra. Basta mirar a las naciones que hoy admiramos por su estabilidad y su fuerza interior, sin importar si están en Asia, en Europa o en América: casi todas dejaron, en algún momento, de importar por completo su manera de pensarse a sí mismas, y empezaron a nombrar su propia experiencia con sus propias palabras. Eso es lo que al Perú todavía le falta hacer.

Desde la fundación misma de la República, la clase pensante peruana ha mirado su propio país a través de anteojos fabricados en otra parte. Liberalismo, conservadurismo, positivismo, socialismo, marxismo, estructuralismo, neoliberalismo: cada una de estas escuelas nació de una experiencia histórica específica y ajena a la nuestra. Y sin embargo las hemos trasplantado aquí una tras otra, como si un traje cortado a la medida de otro cuerpo pudiera vestir al nuestro sin ningún ajuste.

No lo decimos para despreciar el pensamiento europeo, ni para caer en un provincianismo que rechace toda idea solo por su origen. El error no está en haber leído a los pensadores europeos. Está en haber intentado gobernar el Perú desde sus conclusiones, en lugar de usarlos, cuando corresponde, como herramienta y no como molde. Aprender de la historia ajena es una cosa; dejar que esa historia ajena reemplace a la propia en la mesa donde se decide el destino nacional es otra muy distinta.

El resultado de dos siglos de este hábito está a la vista. Un país que discute su presente con vocabulario extranjero. Que importa el conflicto entre izquierda y derecha como si fuera un traje universal. Y que rara vez se detiene a preguntarse si esas categorías explican de verdad lo que ocurre en un mercado de Gamarra, en una ronda campesina de Cajamarca, en un astillero informal del Callao o en una comunidad shipiba del Ucayali. Casi nunca lo explican.

Europa pensó su política a partir de su propia secuencia histórica: el feudalismo que había que superar, la burguesía que había que enfrentar o defender, la revolución industrial que separó al obrero de la fábrica del dueño de la fábrica, las guerras de religión que obligaron a inventar la neutralidad del Estado, las monarquías absolutas que había que derrocar para instaurar la república. Cada gran corriente ideológica europea es, en el fondo, una respuesta a ese recorrido.

Esa no es nuestra historia. Nosotros no salimos de un feudalismo europeo. Salimos del ayllu andino y su lógica de reciprocidad, del tributo colonial y la mita, de la hacienda y el gamonalismo republicano, de una migración masiva del campo a la ciudad que rehízo Lima y las capitales regionales en apenas dos generaciones, y de una informalidad que no elegimos por ideología sino que inventamos, con las manos, para sobrevivir en los espacios que el Estado jamás llegó a ocupar. Ningún manual redactado en Londres, en París, en Berlín o en Moscú tuvo ese recorrido en mente al momento de escribirse.

Cuando aplicamos sobre esa historia distinta categorías nacidas de una historia ajena, no estamos analizando al Perú: lo estamos desfigurando. Llamamos «clase obrera» a una masa de trabajadores que en su mayoría nunca pisó una fábrica en el sentido europeo del término. Llamamos «sociedad civil liberal» a un tejido comunitario que sigue funcionando, en enormes zonas del país, con lógicas de reciprocidad que ningún tratado de filosofía política europea contempla. El mapa no es el territorio, y llevamos demasiado tiempo confundiendo el mapa ajeno con nuestro propio territorio.

¿Qué fuimos? Fuimos Caral, organizando una sociedad compleja, con arquitectura monumental y especialización del trabajo, sin necesidad de murallas ni ejércitos, contemporánea de las primeras civilizaciones del planeta. Fuimos Chavín, uniendo culturas bajo un mismo horizonte religioso y artístico. Fuimos Paracas y Nazca, tejiendo y trazando sobre el desierto una relación con el tiempo y el cielo que todavía no terminamos de descifrar del todo. Fuimos Wari, extendiendo caminos y administración sobre la geografía más difícil del continente, mucho antes de que existiera la rueda entre nosotros. Fuimos el Tahuantinsuyo, que no inventó esa organización sino que la heredó, la sintetizó y la llevó a su máxima expresión.

Fuimos, después, el Virreinato: eje de comercio, de gobierno, de arte y de poder para buena parte de Sudamérica. Con toda la contradicción que eso implica: centralidad continental, y al mismo tiempo, un orden de castas que no vamos a idealizar ni a esconder. Y fuimos, finalmente, la República: doscientos años de caídas y levantamientos, de crisis y reconstrucción, de una independencia que unió bajo una sola bandera un territorio de una diversidad geográfica y social casi sin comparación en el continente.

Esa secuencia completa —andina, virreinal y republicana, con sus luces y también con sus sombras— es nuestra, exclusivamente nuestra. Ninguna ideología escrita para explicar la revolución francesa, la revolución rusa o la revolución industrial inglesa la contiene, ni por asomo. Por eso mismo, ninguna de esas ideologías puede, honestamente, pretender explicarnos por completo.

¿Cómo vivimos? Vivimos, y seguimos viviendo hoy mismo, en la minka y el ayni andinos: esa reciprocidad que organiza el trabajo comunitario cuando el Estado nunca llegó a organizarlo. En el comedor popular que una vecina sostiene, turno tras turno, para dar de comer a los hijos de otras familias del barrio. En la ronda campesina que se armó sola, sin ley que la creara, para defender lo que el Estado no defendía. En el mercado informal que una familia entera levanta con las manos, sin más capital de arranque que su propio esfuerzo. En las juntas vecinales que construyeron escaleras, postes de luz y agua potable en los cerros de Lima antes de que cualquier municipalidad se acordara de que esas laderas también eran ciudad.

Esa manera de vivir no aparece en ningún manual europeo de sociología política, porque no nació en Europa. Nació aquí. La inventamos nosotros mismos, generación tras generación, y sigue sosteniendo al país todos los días, aunque ningún libro de teoría política le haya puesto todavía un nombre digno de su importancia. Un pueblo que resuelve sus problemas más urgentes con herramientas que él mismo inventó, sin esperar permiso de ninguna escuela de pensamiento extranjera, ya está demostrando en los hechos que tiene una lógica propia de organización social. Falta que la política deje de ignorarla y empiece, por fin, a tomarla en serio.

¿Qué construimos? Andenes en la montaña más empinada del planeta, convirtiendo la pendiente imposible en tierra fértil. Caminos que unieron un imperio de miles de kilómetros sin conocer la rueda ni el caballo. Ciudades enteras en pleno desierto, llevando el agua hasta donde la naturaleza había decidido que no debía llegar. Y ya en la República, una capacidad asombrosa de levantarnos después de cada crisis —hiperinflación, terrorismo, pandemia, colapsos políticos sucesivos— que pocos países del mundo pueden exhibir con la misma frecuencia.

Ese talento de ingeniería y de reconstrucción no llegó en ningún barco europeo ni fue enseñado en ninguna universidad extranjera. Ya estaba aquí, en nuestra memoria y en nuestras manos, mucho antes de que existiera cualquier ideología moderna. Solo falta reconocerlo como lo que es, una fuerza nacional y no una curiosidad folclórica, ordenarlo con método, y ponerlo de nuevo al servicio de un proyecto propio.

Nada de esto significa cerrar la puerta al pensamiento universal, ni fingir que el Perú puede construirse en un laboratorio aislado del mundo. Sería tan ingenuo negar lo que otras civilizaciones han aportado a la reflexión humana como seguir copiando, sin filtro, conclusiones pensadas para realidades que no son la nuestra. La diferencia está en el orden de los factores. Estudiar y aprender de la experiencia europea, como referencia universal, es una cosa. Delegarle el lugar que le corresponde exclusivamente a la propia historia, a la hora de decidir cómo se gobierna un país, es otra muy distinta.

Lo aprendido en otras latitudes puede iluminar procesos generales: cómo funciona una institución, cómo se organiza un mercado, cómo se limita el poder. Pero no puede sustituir la pregunta esencial: ¿qué clase de país somos, de dónde venimos y qué hemos demostrado, con hechos, que somos capaces de construir? Esa pregunta solo la responde la propia historia, vivida en carne propia, no la teoría ajena por más elegante que suene en un aula.

Construir una ideología propia no es mirar hacia atrás con nostalgia, como si la solución estuviera en volver a un pasado idealizado que ya no existe. Es pararse en el presente, con los pies en el siglo que vivimos, y mirar de frente —sin miedo y sin idealizarla— la historia completa que nos trajo hasta aquí, para extraer de ella no un modelo que copiar, sino una lógica que continuar.

Eso implica preguntarse con honestidad qué hemos hecho bien cuando funcionamos como pueblo, y qué hemos hecho mal cuando fallamos como Estado. Qué formas de organización comunitaria demostraron, durante siglos, que sostienen a la gente cuando las instituciones formales no llegan. Qué talento de ingeniería, de comercio, de arte y de resiliencia hemos mostrado una y otra vez frente a la adversidad. Una ideología propia no es arqueología política ni una vuelta al pasado. Es construir, con material genuinamente nuestro, una manera de pensar el futuro que no necesite pedirle permiso a ninguna teoría extranjera para explicar quiénes somos.

El costo de no hacer este trabajo no es abstracto. Un país que se explica con categorías ajenas termina importando también los conflictos que esas categorías traen consigo: divisiones que responden más a la historia de otro continente que a los problemas reales del propio. Se discute con el vocabulario de las revoluciones europeas del siglo diecinueve un problema que, en su origen, es profundamente peruano y no tiene equivalente exacto en ningún libro extranjero.

Mientras sigamos pensando el Perú con la cabeza de otro pueblo, seguiremos gobernándolo a medias, porque nunca terminaremos de nombrar con precisión nuestros propios problemas usando palabras diseñadas para nombrar los problemas de otros. Y un problema mal nombrado es, casi siempre, un problema mal resuelto.

Lo que este país necesita no es una adaptación local del liberalismo, ni una versión andina del marxismo, ni un maquillaje criollo del conservadurismo europeo. Necesita una construcción propia, nacida de mirar de frente lo que fuimos —desde Caral hasta la República—, cómo vivimos y qué construimos, para decidir con esa memoria completa, y no con la de ningún otro continente, hacia dónde camina el país que viene.

Un pueblo que piensa su futuro con las categorías de otro pueblo nunca termina de gobernar su propio destino: lo administra, con buena o mala voluntad, en nombre de una teoría ajena. La tarea pendiente del Perú no es elegir mejor entre las ideologías que el mundo ya escribió. Es, por fin, después de dos siglos, escribir la propia.

Quien dude de que el Perú tiene material propio de sobra para esta tarea, que mire la secuencia completa, no solo los capítulos que más nos enorgullecen. Hay huellas humanas en nuestra sierra desde hace más de trece mil años, documentadas en la cueva del Guitarrero, en Áncash. En el valle del río Zaña, en Cajamarca, se han hallado los primeros indicios de agricultura de todo el continente americano, de hace más de nueve mil años. En el valle de Casma se ha identificado la edificación más antigua del Perú y de América, con cerca de cinco mil quinientos años de antigüedad. Y sobre esa base surgió Caral, contemporánea de Egipto, Mesopotamia, China y la India, con comercio que llegaba desde Ecuador hasta la selva.

Después vinieron Cupisnique y Chavín. Tiahuanaco dominando el altiplano. Wari inventando el primer modelo de Estado andino con ciudades de corte imperial. Y tras su ocaso, los reinos regionales —Lambayeque, Chimú, Chincha— que gobernaron con autonomía antes de que los incas los incorporaran a un imperio de dos millones de kilómetros cuadrados, sostenido con andenes, canales, tambos y un sistema de caminos que unió esa inmensidad sin rueda y sin caballo.

Esa secuencia no se detuvo con la conquista. En 1551 se fundó en Lima la primera universidad del Nuevo Mundo, la misma que hoy sigue formando peruanos, mientras esa misma etapa cargaba la mita, el tributo indígena y la rebelión de Túpac Amaru II, que puso en jaque al poder virreinal antes de ser aplastada. La independencia tampoco fue un acto limpio ni instantáneo: fue un proceso de años, de conferencias fallidas, de un Protector que llegó y se fue, de campañas militares que fracasaron antes de la victoria final en Ayacucho.

La República que nació de ahí no caminó en línea recta. Tuvo guerras civiles que costaron decenas de miles de vidas antes de mediar el siglo diecinueve, una bonanza del guano que se convirtió en bancarrota, una guerra perdida frente a Chile, una reconstrucción nacional lenta y penosa, un Oncenio, gobiernos militares de distinto signo, un experimento de reforma agraria sin precedentes en la región, dos décadas de terrorismo, una hiperinflación que superó el siete mil por ciento, reformas de mercado, y ya en este siglo, una sucesión de crisis políticas que el mundo entero ha observado con asombro.

Ningún país reúne exactamente esa secuencia, y ninguna teoría escrita fuera de nuestras fronteras fue redactada pensando en ella. Ahí está, completa y sin editar, la materia prima que ninguna ideología importada puede ofrecernos, porque esa materia prima solo la tiene el Perú.

Ninguna ideología ajena fue pensada tampoco para un territorio como el nuestro. El Perú es uno de los apenas diecisiete países del planeta considerados megadiversos, y esa diversidad no es un adorno, es una condición que obliga a pensar distinto. Un mismo país con el desierto más árido de la costa, la cordillera más alta del trópico y casi el sesenta por ciento de su territorio cubierto por la Amazonía —que concentra tres cuartas partes de nuestra vertiente hidrográfica y nos da acceso a una fracción notable del agua dulce del planeta— no puede gobernarse con una sola fórmula, y mucho menos con una diseñada para la llanura templada de otro continente.

Nuestros propios antepasados entendieron esto antes que cualquier teoría moderna. Identificaron ocho regiones naturales distintas, de la costa a la selva, cada una con su clima, su altitud y su lógica de producción propia, y construyeron sobre esa diversidad, no a pesar de ella, un sistema de control de pisos ecológicos que sigue siendo objeto de estudio en el mundo entero. Esa capacidad de organizar la diferencia es en sí misma una lección política que ninguna doctrina nacida en un territorio geográficamente homogéneo pudo enseñarnos jamás, porque nunca tuvo que resolver el problema que nosotros resolvimos hace tres mil años.

Un país que nació teniendo que inventar su propia manera de gobernar la diversidad extrema no necesita pedirle a nadie más una fórmula para gobernarse. Ya la tiene escrita en su propia geografía.

Hay, además, una prueba dolorosa de lo que ocurre cuando se hace exactamente lo contrario de lo que aquí se propone: cuando una ideología ajena, en lugar de estudiarse como referencia, se impone sobre el país como si fuera un molde perfecto. En la década de 1980, un grupo armado tomó una doctrina redactada para explicar la China rural de mediados del siglo veinte y decidió aplicarla, punto por punto, sobre los Andes peruanos, como si el campesino ayacuchano fuera intercambiable con el campesino chino. El resultado no fue una revolución liberadora, sino setenta mil muertos, comunidades enteras destruidas desde adentro y una herida que el país todavía no cierra. Pocos ejemplos ilustran con tanta crudeza el argumento de este artículo: una ideología que no nace de la realidad que pretende transformar no la libera, la mutila. Y cuando la teoría se impone sobre la vida real, el costo no lo paga el intelectual que la escribió en otro continente. Lo paga el pueblo que la sufre en carne propia.

No hace falta ir tan lejos para encontrar, en cambio, señales de que el material para una ideología propia ya existe, aunque todavía disperso y sin nombre. Basta mirar lo que ha ocurrido, sin ayuda de ningún partido ni de ninguna universidad, en la cultura popular. La cumbia peruana tomó un ritmo caribeño, lo cruzó con la guitarra eléctrica, con el huayno andino y con el ingenio de las orquestas de barrio, y creó algo que no es copia de nada. Lo mismo la gastronomía, que fusionó lo andino, lo español, lo africano, lo chino y lo japonés hasta crear una cocina que hoy se estudia en el mundo entero, no porque copió mejor que nadie, sino porque supo construir algo propio a partir de piezas distintas. Si el pueblo peruano ya sabe hacer esa síntesis en la música y en la cocina, sin necesitar ninguna teoría que se lo explicara, ¿por qué habría de ser incapaz de hacerla en su pensamiento político? No es incapaz. Es que nadie se ha tomado en serio, todavía, sistematizar en política lo que el pueblo ya sabe hacer en la calle.

Hay también un territorio casi virgen en esta tarea: la lengua. El Perú es un país donde millones piensan y explican el mundo en quechua, en aimara o en alguna de las lenguas amazónicas, y sin embargo casi toda la reflexión política nacional se ha escrito en castellano, con conceptos importados de la tradición europea. ¿Qué palabras tiene el quechua para nombrar la reciprocidad, la autoridad, el bien común, que el castellano heredado de la Ilustración no logra capturar del todo? Nadie lo ha investigado con la seriedad que merece. Una ideología propia no puede seguir pensándose solo en la lengua del conquistador.

Tampoco puede ignorarse lo que ya sucede, sin reconocimiento oficial, en la economía informal. Millones de peruanos que operan fuera del sistema formal no siguen ninguna teoría económica, ni liberal ni marxista: han desarrollado, con la práctica diaria, sus propias reglas de crédito, confianza y disciplina comercial, la junta, el fiado que se paga por palabra, la red de proveedores que se sostiene sin contrato firmado. Es un sistema económico funcionando, con su propia lógica interna, que ningún economista formado exclusivamente en manuales extranjeros ha sabido todavía estudiar en sus propios términos, en lugar de solo intentar formalizarlo a la fuerza con las categorías de otro modelo.

Y hay que decirlo con honestidad: esta no es la primera vez que un peruano advierte este problema. A comienzos del siglo veinte, José Carlos Mariátegui, que estudió a fondo el marxismo europeo, llegó sin embargo a una conclusión que pocos recuerdan hoy con la atención que merece. En sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), escribió que un proyecto político para el Perú no podía ser «ni calco ni copia», sino «creación heroica». Este artículo no comparte todo el marco de análisis de Mariátegui, pero coincide de lleno en el diagnóstico del método: hace casi un siglo, él ya entendía que ninguna teoría europea podía aplicarse sobre el Perú sin pasar antes por el filtro de nuestra propia realidad. Ese instinto —copiar el método de estudiar, no la conclusión ajena— es precisamente lo que este país nunca terminó de desarrollar como proyecto colectivo.

Tampoco puede pasarse por alto el papel que ha jugado la propia escuela en perpetuar este problema. Generaciones enteras de peruanos han aprendido en las aulas la línea completa del pensamiento occidental, desde los griegos hasta las teorías políticas contemporáneas, sin dedicar el mismo rigor a estudiar cómo pensaba, organizaba y gobernaba su propio mundo el hombre andino o amazónico antes de la llegada de Europa, ni cómo sigue resolviendo hoy, con inteligencia práctica, los mismos dilemas. No se trata de sustituir un currículo por otro. Se trata de dejar de tratar el pensamiento propio como folclore optativo y el pensamiento ajeno como ciencia obligatoria.

Hay, finalmente, una dimensión que ninguna ideología importada ha sabido capturar del todo: la relación del peruano con su propia tierra. Mucho antes de que el mundo hablara de sostenibilidad como concepto moderno, el hombre andino ya entendía la tierra no como un recurso que se explota hasta agotarlo, sino como una contraparte con la que se convive y a la que se le debe reciprocidad. Se le pide permiso antes de sembrar y se le agradece después de cosechar. Esa manera de entender la relación entre el ser humano y su entorno no necesita esperar a que una universidad extranjera la redescubra para que empecemos a tomarla en serio. Ya estaba aquí, practicada, mucho antes de que se convirtiera en tendencia académica en otras partes del mundo.

Toda esta evidencia —la tragedia de una ideología impuesta a la fuerza, la síntesis espontánea de la cultura popular, la riqueza sin explorar de nuestras propias lenguas, la lógica silenciosa de la economía informal, la advertencia de Mariátegui hace un siglo, el silencio de la escuela sobre nuestro propio pensamiento, y una relación con la tierra que se adelantó por siglos a lo que hoy se llama sostenibilidad— apunta hacia la misma conclusión: el material para una ideología propia no hay que inventarlo ni importarlo. Ya existe, disperso, en la calle, en la cocina, en el mercado, en el campo y en la memoria oral de millones de peruanos que nunca leyeron un tratado de filosofía política y sin embargo llevan generaciones resolviendo, con inteligencia práctica, los mismos problemas que esa filosofía pretende resolver en el papel.

La tarea que queda no es inventar algo que no existe, sino tener la humildad de escuchar lo que el pueblo ya sabe, la disciplina de estudiar la historia completa sin editarla, y el coraje de escribirla con nombre propio, en lugar de seguir buscando esa respuesta en las bibliotecas de otro continente.

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