Ser chalaco: de un fervor que se cantaba a un orgullo que hay que recuperar

Ser chalaco

Hubo un tiempo en que decir «soy chalaco» no necesitaba explicación. Se decía con el pecho abierto, casi como un título. El Callao era puerto, era historia, era esa gente brava que trabajó el mar y la tierra por igual, con un carácter que se fue forjando entre grúas, barcos y calles que vieron pasar la independencia, las guerras y la reconstrucción de todo un país. Decir de dónde venías no era una excusa, era una credencial.

Hoy la misma frase viene con un silencio incómodo, una sonrisa a medias, o directamente con la broma que todos hemos escuchado alguna vez: «cuidado con tu cartera, que viene del Callao». O esa otra, más cotidiana y, la verdad, más dolorosa: la del taxista que frena, pregunta el destino, escucha «Callao» y arranca de nuevo sin decir nada, como si el destino fuera una amenaza. De tanto repetirse, esas bromas terminaron pesando más que cualquier dato real. Y sin darnos mucha cuenta, terminamos varios diciendo de dónde somos casi en voz baja, cuando debería ser justo al revés.

Lo que esas bromas nunca van a contar es que el Callao no se resume en la crónica roja. Ahí está el Real Felipe, que vio las últimas batallas por nuestra independencia. Ahí salió el primer ferrocarril de Sudamérica. Durante siglos fue la puerta del Perú hacia el mundo, el lugar por donde entraban las ideas, las mercancías, los inmigrantes, los sueños de un país que se estaba armando a pulso. La Punta con su malecón de otro tiempo, Bellavista, La Perla, Ventanilla creciendo a fuerza de miles de familias que empezaron de cero y salieron adelante: todo eso también es Callao, aunque casi nadie lo mencione cuando hace el chiste fácil.

Hay una historia que pocos conocen y que a mí me toca muy de cerca, porque yo vengo de ahí: el barrio de Tarapacá, en el Callao. El nombre no está puesto por casualidad. Después de la Guerra del Pacífico, cuando Tarapacá pasó a soberanía chilena, hubo tarapaqueños que se negaron a dejar de ser peruanos, que prefirieron dejarlo todo antes que quedarse del otro lado de una frontera que trazó la derrota. El Estado, en un gesto que hoy casi nadie recuerda, les dio tierra aquí en el Callao para que pudieran volver a empezar. De ahí nació el barrio. Es, literalmente, la prueba de que hay gente que elige seguir siendo peruana incluso cuando la geografía intenta decidir por ella.

Y esa historia, para mí, no es un dato de libro. Mi historia con el Callao empieza con la de mi abuelo. Él era sastre de oficio, de los que cosen con la misma paciencia con la que se cría a una familia. Pasaba las mañanas con la aguja entre los dedos, midiendo telas, entallando pantalones, escuchando a cada cliente como si fuera el único del día. Pero cuando bajaba el sol, cambiaba de personaje: se volvía gallero, dueño de un galpón improvisado que más de una tarde salió victorioso, y anfitrión de una casa que nunca cerraba la puerta a los vecinos. Ahí, entre el ruido de las peleas y las charlas de sobremesa, sin darme cuenta fui aprendiendo que la comunidad era la que llenaba de alegría los días.

Había algo más en él que todo el barrio parecía haber decidido no ver: a los diecisiete años había perdido una pierna. Y sin embargo caminaba con su muleta con tanta soltura que hasta él mismo terminó por olvidarlo. Nadie lo miraba como a un hombre disminuido. Lo miraban como al sastre que cosía fino, al gallero que ganaba con orgullo, al vecino que abría su puerta sin preguntar quién tocaba. Esa manera de pararse frente a cualquier adversidad, sin que se le notara el esfuerzo, es quizás la lección más chalaca que me dejó, mucho antes de que yo entendiera de dónde venía ese apellido de tierra prestada.

Lo recuerdo recorriendo las calles del barrio —o mejor dicho, así me lo contaron tantas veces que ya es como si lo recordara yo mismo—: Agua Santa, cuando ahí todavía había un mercado que era punto de encuentro de todo el vecindario; Iquique; nuestra Huantajaya; y la Cancha 13, donde en la casa del tío Chiquillada, en esa esquinita del barrio, había un ruedo, una canchita de peleas de gallo que se activaba de rato en rato y bastaba para juntar a medio vecindario. Ninguno de esos nombres está ahí por casualidad. Cada uno es, sin que nadie lo diga en voz alta, homenaje y herida a la vez: el recuerdo permanente de la Tarapacá invadida, la tierra que se quedó del otro lado pero que el barrio se negó a olvidar. Caminar esas cuadras era, en el fondo, caminar un pedacito de la tierra que sus fundadores tuvieron que dejar atrás.

¿Cómo no sentir entonces un doble fervor? Soy chalaco, con todo lo que eso ya implica. Pero en mi caso ese orgullo viene además inflado por Tarapacá: por un abuelo sastre y gallero que hizo suyo un barrio nacido de la dignidad de no querer dejar de ser peruano; por calles que llevan nombres que son condecoración y memoria al mismo tiempo; por una comunidad entera que decidió que la identidad no se negocia, ni siquiera cuando la guerra la pone a prueba. Ese barrio no es solo el lugar donde nací o donde crecí escuchando estas historias. Es la prueba de que un orgullo con raíces tan profundas no se apaga con una broma de taxi.

Se puede rodear al Callao de estigmas, se le puede reducir a un chiste de sobremesa, pero no se le puede vaciar de historia. Un pueblo que resistió guerras, que recibió migrantes de todo el país y del extranjero, que le dio al Perú marinos, comerciantes, artistas, deportistas y luchadores sociales, no cabe en una broma de taxi. Las bromas se olvidan en una semana. La historia de un puerto que ayudó a construir un país queda para siempre.

Sí, hemos perdido parte de ese fervor de antes, el que se gritaba sin miedo. Pero perderlo no significa que no se pueda recuperar. Y se recupera de la única forma posible: contando lo que somos, recordando de dónde venimos, dejando de pedir disculpas por un origen que, bien mirado, es motivo de orgullo. Nuestra historia y nuestra cultura son razón de sobra para sacar pecho de ser lo que somos: chalacos.

Ese fervor recuperado, sin embargo, no puede quedarse solo en el recuerdo ni en la nostalgia de las calles de antes. Tiene que volverse ilusión: la certeza de que el Callao que fue puerta de entrada al mundo, cuna de resistencias y de familias que no se rindieron, puede volver a ser el Callao que crece, que se moderniza, que le da a sus hijos razones nuevas para quedarse en vez de irse a buscar otro nombre que decir sin miedo. El orgullo por lo que fuimos tiene que ser el mismo que nos empuje a construir lo que todavía podemos ser. No se trata solo de mirar atrás con cariño, sino de mirar adelante con la misma fuerza con la que mi abuelo se paraba en una sola pierna y caminaba como si no le faltara nada: con la ilusión intacta de que el Callao, con toda su historia a cuestas, todavía tiene mucho puerto por delante.