Paul García Oviedo en el puerto del Callao con un polo que dice «Soy del Callao, soy peruano»

Chalaco no es un insulto

Por Paul Gabriel García Oviedo

En las últimas elecciones municipales de Santa María del Mar me tocó ser jefe de campaña. Sabía en lo que me metía. Una campaña trae críticas, ataques, gente que no está de acuerdo contigo y te lo dice en la cara, y eso está bien: para eso existe la política. Lo que nunca imaginé es que, en lugar de discutir nuestras propuestas, algunos iban a optar por atacarme por mi origen.

El día de la elección fui coordinador en el local de votación. Fue una jornada larga y, en algunos momentos, muy tensa. Y justamente en esos momentos, cuando lo que correspondía era mantener la calma y respetar el proceso, hubo personas que no tenían otro argumento que gritarme que soy del Callao y que me largara al Callao. No discutían una mesa, un procedimiento ni un resultado. Solo eso, una y otra vez.

“Eres del Callao”. “Vete al Callao”. “Chalaco”. Así, con desprecio, como si venir del primer puerto fuera algo de lo que uno tiene que avergonzarse o como si eso me quitara el derecho de opinar sobre el distrito donde vivo. Nadie me discutió una idea. Me atacaron a mí porque con las ideas no les alcanzaba.

Soy chalaco y lo digo con orgullo. Nunca lo he escondido y no lo voy a hacer ahora. Tampoco voy a pedirle permiso a nadie para participar en la vida política de una región, de una provincia o incluso de un distrito de 1500 electores. Si alguien pensó que con un insulto iba a hacerme retroceder, se equivocó conmigo.

Entre quienes me dijeron esas cosas había personas de ascendencia árabe-palestina. Lo menciono porque me parece una contradicción que no puedo pasar por alto. Son comunidades que han vivido la migración, que saben lo que es llegar a otro país y ser mirados con desconfianza, y que con toda razón reclaman respeto por su historia. Justamente por eso esperaba otra cosa. Quien exige respeto para sus raíces tiene que darlo también a las raíces de los demás.

Ahora, quiero ser claro en algo: no estoy acusando a ninguna comunidad. Los responsables son quienes dijeron esos insultos, no las familias que comparten con ellos un apellido o una cultura. Si me molesta que juzguen a todos los chalacos por lo que hacen unos cuantos, no puedo hacer lo mismo con otros.

Pero eso no quiere decir que me quede callado. Al contrario: siempre me paré firme, sin temor, poniéndoles el pecho y la cara.

Lo que más me llama la atención es que ninguno de ellos quiso discutir conmigo en serio. Nadie habló de mi trayectoria, de mis tres maestrías ni del doctorado que estoy cursando en el Centro de Altos Estudios Nacionales (CAEN). Nadie cuestionó una propuesta. Cuando uno no tiene logros propios que mostrar ni ideas que defender, lo único que le queda es el lugar de nacimiento del otro.

Hay quienes creen que vivir en un balneario los hace superiores, cuando lo único que hicieron fue recibir una casa en herencia o gracias a sus “papis y mamis”. Y con esa mentalidad, lo que proponen para Santa María del Mar es un balneario cerrado, vacío, una ciudad fantasma que se parece demasiado a lo vacía que es esa forma de ver la vida, a lo vacía que, sin duda, tienen el alma.

Nadie tiene derecho a usar el Callao como insulto. Cuando a alguien le dicen “chalaco” para humillarlo, están despreciando también a miles de familias, trabajadores y profesionales que llevan esa palabra con orgullo, aquí y fuera del país. Eso no lo voy a aceptar, ni cuando me lo digan a mí ni cuando se lo digan a otro vecino.

Hay que poner las cosas en su sitio. Los que lanzaron esos insultos son unos cuantos y no hablan en nombre de nadie más que de ellos mismos. Su opinión sobre mí no tiene ningún peso. Lo único que se ganaron fue mi desprecio y mi descalificación total.

Del otro lado hay más de un millón de chalacos, en el Callao, en provincias y en el extranjero. Cuando insultan a uno, insultan a todos. Y nosotros no nos agachamos ante nadie. No estoy solo en esto, y lo sé.

Esto tiene un nombre, aunque muchos no lo reconozcan: estigma territorial. Es juzgar a alguien por el lugar donde nació o donde vive. Algunos lo hacen pasar por broma o por un comentario sin importancia, pero es discriminación.

Y la Constitución es muy clara en el artículo 2, inciso 2: todos somos iguales ante la ley y nadie puede ser discriminado por su origen. Insultar a alguien por el lugar de donde viene no es libertad de expresión. Es vulnerar un derecho fundamental.

En Santa María del Mar nadie tiene más derechos que otro por tener más dinero, un apellido conocido o más años viviendo aquí. El distrito no es un club donde unos deciden quién entra y quién no. Es de todos los vecinos por igual, y no voy a permitir que algunos se crean con derecho a mandar a otros “de regreso” a su lugar.

Todos los que vivimos en el Perú tenemos los mismos derechos, hayamos llegado hace poco o hace varias generaciones. Si quieres que respeten tu historia, empieza por respetar la de los demás. Así de simple.

En política podemos discrepar todo lo que queramos. Podemos discutir propuestas, fiscalizar y debatir duro. Ese terreno lo conozco bien y no le tengo miedo. Pero el que recurre al origen de una persona para callarla ya perdió el debate, y lo sabe.

Y hacerlo en plena jornada electoral, en un local de votación, es todavía más grave, porque no solo se ataca al que está trabajando, sino también el derecho de los vecinos a votar en paz.

A los que quisieron ofenderme: no lo lograron. Me dieron más razones para estar orgulloso y para seguir respondiendo públicamente, con argumentos y por las vías que la ley permite, a cualquier acto de discriminación, sea contra mí o contra cualquiera. No me van a callar ni me van a intimidar.

Soy chalaco, soy peruano y estoy orgulloso de dónde vengo. No necesito hablar mal del origen de nadie para defender el mío. Lo que sí está de más en nuestra convivencia es la discriminación, y contra ella solo caben la lucha constante, la valentía y el coraje.

¿QUIÉNES SE HAN CREÍDO?

Atte. Paul García