Callao: la paradoja del puerto rico y la ciudad pobre

Hay un concepto en economía política que los especialistas llaman «la maldición de los recursos»: la observación, repetida en distintos continentes, de que la abundancia material no garantiza desarrollo y a veces incluso lo obstaculiza, cuando las instituciones que deberían administrar esa riqueza son débiles o han sido capturadas. Pocas ciudades del Perú ilustran esa paradoja con la claridad del Callao.

El Callao no es una región pobre en recursos. Es, por el contrario, el nodo logístico más importante del país: solo en 2024, el Sistema Portuario Nacional movilizó más de 127.8 millones de toneladas de carga, un récord histórico, y el propio puerto chalaco concentró el liderazgo nacional a través de sus terminales —el récord también incluyó 3.5 millones de TEU en carga contenerizada—. Es, además, la puerta aérea del país a través del Jorge Chávez, y el epicentro de industrias, astilleros y comercio exterior que datan de la Colonia. En términos de renta per cápita, la Provincia Constitucional del Callao —junto con Lima Metropolitana— se ubica entre las zonas del país con mayor gasto e ingreso real por habitante, muy por encima del promedio nacional.

Y sin embargo, ese privilegio convive con un estancamiento que ya cumple medio siglo. Es la paradoja que Douglass North, premio Nobel de Economía, explicó mejor que nadie: no son los recursos los que determinan el desarrollo, sino la calidad de las instituciones que los administran. Cuando esas instituciones son capturadas por la corrupción, la riqueza que debería transformarse en bienestar colectivo se convierte, en cambio, en botín de unos pocos.

La cifra que mejor retrata esa captura institucional es la de la violencia. Según el Sistema Informático Nacional de Defunciones (Sinadef), los homicidios en el Callao pasaron de 43 casos en 2017 a 137 en 2024, y hacia octubre de 2025 ya se habían registrado 165, la cifra más alta desde que existe el registro. Las denuncias por extorsión, según el Observatorio Nacional de Seguridad Ciudadana, subieron de 482 a 707 entre enero y septiembre, comparando 2024 con 2025. No es una racha: es una curva sostenida, casi lineal, de casi una década. La violencia dejó de ser un episodio para convertirse en estructura.

El sociólogo Émile Durkheim usó la palabra «anomia» para describir lo que ocurre cuando las normas colectivas se debilitan y el individuo queda sin referentes que ordenen su conducta y su expectativa de futuro. Algo de eso explica también la caída sostenida de la participación política chalaca: no es apatía, es anomia. Cuando generación tras generación ve que las instituciones no castigan a quien roba ni protegen a quien trabaja, el vínculo entre ciudadano y política se erosiona. Albert Hirschman, en su célebre estudio «Salida, voz y lealtad», describió justamente ese momento: cuando la «voz» —la protesta, el voto, la exigencia— deja de tener efecto, la gente opta por la «salida»: deja de participar, deja de creer, deja de esperar. Esa es, con precisión casi clínica, la fotografía política del Callao de hoy: un electorado fatigado, una oferta política fragmentada, y ningún proyecto capaz de convocar a las grandes mayorías.

Esa anomia tiene, además, una expresión muy concreta en el momento electoral que vivimos: hoy ninguna propuesta política logra convencer ampliamente a las grandes mayorías del Callao. No hay un favorito claro, no hay un proyecto que concentre la esperanza colectiva como ocurrió en otras épocas. Lo que hay, en cambio, es hartazgo: el hartazgo de quien ya escuchó demasiadas promesas incumplidas, y decepción, la decepción acumulada de ver que cada nueva autoridad termina pareciéndose a la anterior. Ese vacío de representación no es un dato menor: es, quizás, el síntoma más claro de que el sistema político chalaco necesita algo distinto a una simple alternancia de nombres. Necesita, ante todo, recuperar la credibilidad perdida.

La pobreza monetaria, además, no se distribuye por igual dentro de la propia provincia. Mientras distritos como Bellavista o La Perla muestran niveles relativamente bajos, otros —como Ventanilla o Mi Perú— arrastran tasas de pobreza muy superiores al promedio provincial, según los boletines estadísticos del Gobierno Regional del Callao. Esa desigualdad interna es, en sí misma, un síntoma del estancamiento: la riqueza del puerto no ha logrado derramarse hacia los distritos que más la necesitan.

Robert Putnam, al estudiar por qué unas regiones prosperan y otras no pese a partir de condiciones similares, encontró que la variable decisiva era el «capital social»: la densidad de confianza, de redes cívicas, de organizaciones capaces de actuar juntas por un objetivo común. El Callao tiene, paradójicamente, un capital social enorme y disperso: dirigentes vecinales, comedores populares, gremios de pescadores y transportistas, juntas de comerciantes, historia sindical portuaria. Lo que falta no es tejido social —el Callao lo tiene, y es de los más fuertes del país—, sino un proyecto político capaz de articularlo en una sola dirección.

Ahí está, a mi juicio, la verdadera tarea de esta elección: no prometer lo imposible, sino reconstruir la confianza institucional que hizo posible, en el pasado, que un puerto pequeño se convirtiera en el más importante de la costa del Pacífico sudamericano. El Callao no necesita descubrir su potencial: ya lo demostró durante generaciones. Necesita instituciones que dejen de administrarlo como botín y empiecen, otra vez, a administrarlo como patrimonio común.

Escribo esto sin nostalgia ingenua. La nostalgia que vale la pena no es la que idealiza el pasado, sino la que recuerda con precisión de qué éramos capaces, para exigirnos lo mismo hoy. El Callao tiene el puerto, tiene la gente, tiene la historia. Lo que ha estado ausente durante cincuenta años es la voluntad institucional de estar a la altura de todo eso. Tengo fe —no la fe que espera un milagro, sino la que se construye trabajando— en que esta vez sí puede ser distinto.


PAUL GARCIA OVIEDO